Lo nuestro no fue
amor, fue batalla campal. Fuimos guerra constante entre el deseo de nuestra
piel y lo que la libertad nos exigía. Yo te presté mis alas para volar juntos,
pero preferiste la arena movediza de tus miedos.
Hubo tantos
olvidos, tantos vacíos,
Campos minados de
silencios, de ausencias,
Tantas risas y
vivencias,
Tantos gemidos y
sudor compartido.
Guerra de cuerpos anudados en banderas blancas de
placer, en donde a puerta cerrada, se encontraban a pelear a besos y abrazos
apretados, pero al salir al mundo, éramos gritos, dolor y melancolía.
Nos disparamos
balas de palabras llenas de exigencias,
Nos atacamos con
misiles de indiferencia, que más que a la
piel, desangraban ilusiones, hiriendo de muerte nuestras esperanzas.
¡Cuánto estruendo causó el estallido de tus
silencios! Arrastrando un ejército de mentiras que vestían a otros cuerpos que
me robaban tu querer.
Y un buen día, no
pude combatir más, y bajé los brazos para emprender mi retirada. Mi armadura está desgastada, habiendo usado
todo mi arsenal de besos y caricias, en una guerra que me dejó en ruinas.
Ahora estamos en
tregua, y se alza la bandera blanca entre los dos. Dicen que eso significa paz,
pero es lo que no hallo desde que no estás. Porque día tras
día libro innumerables batallas con el recuerdo de tu sonrisa, de tus dedos en
mi espalda o tus ojos entre abiertos en medio de un beso.
Lucho, ya sin
fuerzas, sucumbiendo ante el dolor de no tenerte, por quererme, sí, por amarme
antes que a ti. Y te extraño, y
te amo, pero mis heridas aún sangran; el
olvido y el perdón aún están lejos de nosotros.
Tú y yo, fuimos victimas y
verdugos por igual, de un amor que no nos supimos entregar y que yace resignado
en un campo de batalla, resquebrajado por tu ego y mis caprichos, por mis
miedos y tu desdén…
¡Con cuánto amor,
con cuánto odio nos hemos amado!






