Y es que a veces
quisiera lanzarte como una hoja al viento, que su fuerza te arrastrara tan
lejos de mi alcance que mis manos no pudieran volver a tocar tu piel…si no
tuviera que luchar con el deseo de tenerte y hacerte para siempre mío y
sucumbir ante este amor que me oprime el pecho.
Ojalá pudiera
dejarte ir como corren las aguan en un río, sin saber a dónde van a dar, ahogar
en su corriente las sensaciones que me producen tu mirada, tu tímida sonrisa y
tu voz repitiéndome “Te quiero”…si tuviera la valentía de verte marchar así
como llegaste: intempestivamente, tan repentino como el rocío de la
mañana.
Cuánto quisiera
no anhelar un beso tuyo, una caricia de tus manos o el aroma de tu piel y tu
perfume que me roban el aliento y tantos suspiros…ay amor mío, si pudiera ser
valiente y pelear por mí, si pudiera bajar los brazos y admitir que perdí la
batalla contra el tiempo, contra este odioso calendario que nos ha cruzado en
tiempos distintos, sin permitir que nos amemos.
Cuánto desearían
mis pies no correr a tu encuentro, o mis oídos estar prestos al sonido de tu
risa…, todo mi ser es cobarde, porque no quiere verte partir, mi alma se rehúsa
a levar anclas y seguir navegando sin ti…te quiere en su barco, a su lado…pero
tú sólo quieres quedarte en ese viejo puerto, sin soltar amarras, atado a
antiguas tristezas que no te dejan amarme en libertad. Vives atado a ellas y mi
alma está anclada en ti…sin tener la fuerza para soltarte…
Somos un par de
cobardes.
