Duele tu ausencia, que no sea yo por quien
sonríes, dueles tú, amor imposible mío, tan inalcanzable como un lucero en el
cielo; vivo resignada a tu olvido, pidiendo al cielo el milagro inesperado de
tu regreso, que vuelva intacto aquel amor que me tenías.
Y sí, las cicatrices son marcas de guerra, pero
ya quiero tiempos de paz. No quiero seguir en esta batalla con tus recuerdos,
que se esconden en un rincón de mi memoria. No te puedo olvidar, estás tatuado
en mi mente con la tinta indeleble de tus caricias, de los dedos que dibujaban
sobre mi piel invisibles huellas de amor que me estremecían y que hoy te
mantienen vivo en mí.
Tus ojos, tu sonrisa, tu voz, me parecen
ahora tan lejanos. Lo que alguna vez me
hizo tan feliz es ahora el motivo de interminables noches de llanto y
melancolía. Sigo amándote infinitamente, y lo haré hasta que Dios disponga el
fin de mi agonía, y llegue otro amor. Por ahora, déjame soñar con tenerte, con
recrear en mi memoria cada uno de nuestros días felices y así darle sentido a
mi existencia, que ya no es vida desde que tú no estás.






