Las veo correr y no puedo hacer nada,
no siento, no percibo sus desgarradores bramidos;
Ellas me gritan en su húmedo lenguaje,
se deslizan en tu tez intentando hallarme, mas yo
enardecida, tan herida, ya no les creo,
no escucho sus fríos lamentos.
Te miro a los ojos y ¿Qué siento?
se nublan los míos y empiezan a brotar gotas que se niegan a amarte;
desearían acaso mis manos tocar tu rostro
y enjugar aquellas delicadas cómplices de tu verdad:
tu verdad, mas no la mía.
¿Cuántas veces en mis ojos llovió y por tu orgullo
tu corazón no se conmovió?
Tantas ocasiones mis mejillas se gastaron
por el roce despiadado de mis lágrimas, mientras tú
tú sólo jugabas a ser el dueño de tus dolorosas amantes.
Hoy esquivo tus ojos, no quiero mirarte con rencor,
siempre los míos tenían para tí tanta ternura, tanto amor,
obteniendo de tí sólo vacío.
No, no te he de creer, tus cómplices no me convencerán;
se derraman sobre tí y te queman, y a mi me envenenan.
¿Por qué fuiste tan ciego, tan inclemente?
Yo te amaba, con pasión ardiente,
pero tú extinguiste esa llama con aquellas tantas lágrimas
que te hacían más falaz.
Tú, mi bien, causaste en mis ojos hirientes tormentas,
y ahora, con tu rostro mojado, dices que siempre me has amado...
En tanto yo, miro fijamente aquellas salinas cómplices de ti,
y te digo: me heriste, a mi amor burlaste,
y aunque mucho te amé, ya no eres el dueño de mi querer.
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